Ha llegado la primavera, y quién más y quién menos, ya ha echado un vistazo a posibles destinos para pasar algunos de los días de vacaciones o simplemente para una escapada para disfrutar de más horas de luz y de mejores temperaturas. Durante años nos han vendido una idea bastante cerrada de las vacaciones: playa, ciudad, terrazas llenas, colas, fotos en los mismos sitios y la sensación de estar haciendo exactamente lo mismo que miles de personas a la vez.
Nosotros también lo hemos hecho, no os vamos a mentir, pero también optamos, la mayoría de las veces, por otra manera de viajar. En ocasiones, es por volver a sitios donde fuimos dejando atrás poco a poco la infancia, otras por recorrer un camino de la mano de la inmensidad de la naturaleza, y otras incluso por darse el gusto de probar la gastronomía y empaparse de la cultura y tradición del sitio donde viajas.
Por ello, vamos a hablar en este espacio de detenerse en pueblos pequeños, en valles que parecen suspendidos en el tiempo y en rutas que obligan a bajar el ritmo. Lugares que quizá no son portada de folleto, pero que se quedan dentro durante mucho más tiempo.
Parauta: el blanco del pueblo y el cobre del paisaje
Parauta está en el valle del Genal, al oeste de la provincia de Málaga, dentro del entorno de la Sierra de las Nieves. Se presenta como uno de esos pueblos blancos de raíz morisca que mantienen calles encaladas y una relación muy directa con el paisaje que lo rodea. Desde hace unos años, ha cogido relevancia gracias al Bosque Encantado, un sendero muy fácil de recorrer y lleno de pequeñas casitas de hadas y figuras de madera.
Pero no es eso lo principal que nos mueve ir a Parauta. Para nosotros poder disfrutar de la tranquilidad de los paseos por sus múltiples rutas, de ver los castaños en sus diferentes formas a lo largo del año convirtiendo el lugar en un bosque de cobre, de disfrutar de la tradición y del jolgorio de sus fiestas de verano, de observar el cielo limpio de contaminación lumínica como si se te fuera a caer encima, pero, sobre todo, de la compañía y de la acogida que siempre encontramos allí.

La Ruta del Cares: entre Poncebos y Caín
La Ruta del Cares es una de las sendas más conocidas del Parque Nacional de los Picos de Europa. Discurre entre Caín, en León, y Poncebos, en Asturias, siguiendo el desfiladero del río Cares a través de una senda tallada en la caliza. Es el sendero más conocido de este espacio natural y su espectacularidad paisajística le ha valido el apodo de “La Garganta Divina”.
Esta ruta pone a prueba dos cualidades personales muy importantes. Por un lado, la resistencia, porque hay que andar un buen rato para disfrutar del mismo, y por otro, el vértigo, ya que en innumerables zonas del sendero la tierra esta suelta y no hay ninguna protección entre el camino y el hondo desfiladero que lo enmarca todo. Pero lo que más destaca es el silencio y la impresión de caminar por un lugar que está pensado para ser atravesado con respeto.

Capileira: la cara B de Sierra Nevada
Capileira está asentada en el Barranco de Poqueira, uno de los enclaves más singulares de la Alpujarra granadina. Es, junto a Pampaneira y Bubión, uno de los tres pueblos blancos suspendidos en la ladera sur de Sierra Nevada y siendo esta localidad (Capileira) el municipio más alto del barranco y uno de los más luminosos de la zona.
Fuera del ruido y el bullicio de la estación de Sierra Nevada, aquí lo que predomina son los paseos por caminos llenos de acequias, tinaos, casas encaladas, pequeños comercios al más puro estilo granadino, con su mostrador de chacinas y su buen vino, o el ambiente más autóctono y alternativo en época invernal. En definitiva, una forma mucho más pausada y profunda de entender Sierra Nevada más allá del esquí.

Calzadilla: interior, dehesa y camino
Calzadilla pertenece a la comarca cacereña del Valle del Alagón y destaca fundamentalmente por la dehesa de El Rebollar, esencial para dar un paseo en las calurosísimas tardes de verano. Pero pasear por esas inmensas llanuras tiene sus recompensas, como ver a los toros campar a sus anchas sin saber aún su destino.
Este pueblo nos evoca infancia, siestas reparadoras en tardes de calor y despertares vespertinos en los que reunirse en torno al bar de la piscina, centro neurálgico del “fresquito”, o pasear por sus calles estrechas camino de la iglesia. Todo bajo la atenta vigilancia del gran lagarto que preside la entrada a sus calles.

La Cola de Caballo: un clásico natural que impone respeto
Quizás éste sea el destino más turístico del que hablemos, pero el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y en especial la ruta hasta la Cola de Caballo, es seguramente uno de los senderos más icónicos que se puedan hacer para sentirnos pequeños ante la apabullante naturaleza que nos encontramos al paso.
La ruta que parte de la Pradera de Ordesa, y a la que solo puedes acceder con autobuses oficiales, pasa junto a varias cascadas y se adentra por un valle glaciar hasta llegar al salto de agua de la Cola de Caballo, tras unas 3 horas de camino. Es un lugar muy conocido, sí, pero nos recuerda que la naturaleza más visitada no siempre equivale a naturaleza si valor. En Ordesa la dimensión del paisaje sigue estando por encima de ti.

La Utrera: el valle que suena a naturaleza
La Utrera pertenece al valle leonés del río Omaña, escoltada, por un lado, por los montes que dan paso a La Cepeda, la inmensa llanura que desemboca en la majestuosa Astorga, y, al otro, por las montañas que llevan al embalse de Barrios de Luna.
La zona ofrece todo tipo de atractivos que van, desde darse un chapuzón en el gélido río, atravesar su puente colgante para iniciar la ruta entre bosques y eriales camino de Paladín, observar a los pescadores de trucha (sin muerte) utilizar artes ancestrales en el prao tras la tierra, o contemplar la imponente figura del guardián del valle que forman las piedras de La Peñona, metros antes de entrar al pueblo.

Todo esto conforma un espacio de paz con identidad y sin necesidad de artificio, cuyo silencio sólo es roto por la fuerza del agua en los cantos rodados del río y por el sonido de los chopos a la mínima que la brisa hace acto de presencia.
Quizá la alternativa a las vacaciones de siempre no sea buscar el destino más exótico ni el hotel más fotogénico. Quizá sea algo bastante más simple: salir del recorrido previsto, prestar atención a los pueblos pequeños, a los valles que no se anuncian y a los lugares que sobreviven fuera del foco.
Parauta, Capileira, Calzadilla, Mazarelas o La Utrera no compiten con nada. Y la Ruta del Cares o la Cola de Caballo no necesitan presentación. Todos ellos, a su manera, recuerdan que todavía queda una forma de viajar en la que lo importante no es tachar lugares, sino quedarse con ellos.

